La mayoría de la población sabe que nada en la vida es gratis. Nos levantamos temprano, nos esforzamos por progresar en nuestras carreras y, así, desarrollamos nuestros talentos, mejoramos nuestros ingresos y nos sentimos más plenos, al tiempo que nos hacemos cargo de nuestras responsabilidades. Así, para el chileno común, el “paga Moya” no existe. Sin embargo, en el Congreso se vive en un mundo paralelo, pues vemos iniciativas que pasan por alto los costos que conllevan y se presumen que, por ignorarlos, no habrá que pagarlos. Veamos.
Llevamos años con las cuentas de la electricidad congeladas y ahora, cuándo corresponde regularizar la situación, muchos parlamentarios no quieren hacerse responsable de financiar las deudas que hemos contraído con las empresas que generan la energía que usamos.
Otra. Aunque la cobertura de salud que los afiliados reciben por parte de sus Isapres no ha variado, a partir de marzo los ingresos de las aseguradoras han disminuido bruscamente por los fallos de la Corte Suprema. Sin embargo, en el Congreso solo unos pocos valientes lo reconocen y, en cambio, muchos se niegan a apoyar reajustes extraordinarios que permitan reestablecer un equilibrio financiero. La idea que las Isapres seguirán funcionando con pérdidas permanentes es una fantasía.
Con las reformas que promueve el Gobierno pasa lo mismo. Este mes bajará el número de horas que trabajamos en un 2% y, en julio, subirá el sueldo mínimo en 9%. A eso debe sumarse un eventual aumento de las cotizaciones provisionales, sobre todo si ellas terminan siendo un impuesto que vaya a un fondo de reparto donde el trabajador no es dueño de sus ahorros. ¿Paga Moya? La verdad es que esos mayores costos laborales, los pagarán los miles de desempleados que no lograrán conseguir un trabajo y, entre quienes sí tienen un empleo, sus sueldos crecerán menos. Lo mismo sucede con la idea de subir los impuestos. En ese caso, Moya tomará la forma de menor crecimiento, inversión y un mercado laboral más deprimido.
En los últimos años nos hemos mal acostumbrado a diseñar políticas públicas utópicas, creyendo que los costos los pagarán “otros” o que esos costos se podrán diferir eternamente. Sin embargo, la realidad siempre se impone y no da lugar para “trampas en el solitario”. Las cuentas hay que pagarlas y cuando los recursos no alcanzan hay que escoger entre alternativas excluyentes. Por ejemplo, un fondo de reparto no puede subir las pensiones de los actuales jubilados sin desmejorar las de aquellos que se pensionarán en las próximas décadas; si optamos por privilegiar a quienes ya se jubilaron con cargo a los trabajadores actuales, la creación de empleos y los salarios se verán afectados.
No nos dejemos engañar. No hay deuda que no se pague y el costo de malas reformas las pagará Moya. Es decir, todos nosotros.
Columna de Pablo Eguiguren, Director del Políticas Públicas, publicada en La Segunda.-