En la mitología griega, se cuenta que Casandra, princesa de Troya, recibió de Apolo el don de la profecía. Sin embargo, cuando ella rechazó sus avances, el dios la maldijo condenándola a que nadie creyera jamás en sus predicciones. De este modo, aunque Casandra podía ver el futuro, sus advertencias eran desestimadas y consideradas locuras.
Lamentablemente en Chile hay varios a quienes los aqueja la maldición de Casandra. Son varios los que deben soportar abucheos por parte del coro por atreverse a decir aquellas verdades incómodas que se oponen a lo que impulsan las mayorías que muchas veces son sólo circunstanciales.
Cuando los retiros de fondos de las AFP comenzaron a estar en boga (y lamentablemente siguen estándolo), muchos expertos advirtieron que esta sería una mala política, que dañaría nuestra economía, aumentaría la inflación y generaría un retroceso en las pensiones de los trabajadores. No obstante, pese a que estas predicciones se cumplieron, en su minuto cualquier persona que levantara este diagnóstico era acusado de ser un alarmista que tan solo se preocupaba de defender los intereses de los empresarios con amenazas de “que viene el cuco”.
Por otro lado, cuando las restricciones impuestas a causa de la pandemia comenzaban a afectar el aprendizaje de los niños, varias agrupaciones civiles en conjunto al entonces ministro de Educación, Raúl Figueroa, impulsaron una campaña para que los niños volvieran a las salas de clases. Hoy, cuando el número de estudiantes que abandonaron el sistema educativo en 2022 supera los 50 mil y la cifra de estudiantes con inasistencia grave supera los 1,2 millones, hechos como la resistencia del Colegio de Profesores a volver a las aulas son un mal recuerdo para cientos de miles de padres.
Finalmente, todo Chile fue testigo de cómo quienes hoy se sientan en La Moneda, así como sus partidarios, hicieron uso y abuso de simbologías como el perro “matapacos” o la sigla ACAB (all cops are bastards). Estos actos se sumaron a otros, como calificar las evasiones masivas del metro como “acciones legítimas de desobediencia civil”, hacer homenajes a la “primera línea” en el Congreso y propagar rumores falsos como la existencia de centros de tortura en estaciones del Metro.
No fueron pocos los que advirtieron que esta ofensiva para deslegitimar a las policías tendría costos y que estos los tendríamos que pagar todos los chilenos. Las consecuencias no tardaron en llegar y los chilenos hemos tenido que ser tristes testigos de cómo los homicidios han alcanzado sus máximos históricos y cómo la cifra de mártires de Carabineros sigue creciendo.
Afortunadamente, el día de hoy varios actores políticos, incluyendo a las autoridades de Gobierno, comprendieron finalmente el rol fundamental que juegan las policías en el orden democrático de la nación. Es de esperar que esta repentina iluminación sea sincera y que aprendan que hay ciertos límites que no deben cruzarse, a largo plazo siempre es más importante atender el interés de la nación que los intereses partidistas de turno.
El país no tiene mayor margen para irresponsabilidades y la próxima vez que nos enfrentemos a escenarios como los descritos anteriormente, recordemos que la última profecía ignorada de Casandra por parte de los troyanos fue acerca del peligro que suponía para su ciudad un enorme caballo de madera.
Daniel Rebolledo, investigador del Programa Político, columna publicada en El Líbero.-