De Obama a Trump: Lecciones y consecuencias de una elección polarizada

Triunfó Donald Trump. El candidato vehemente y atípico asestó el golpe sorpresivo final y ahora tomará posesión de la alba casa de la calle Pensylvannia donde se dirigen los destinos de la primera potencia mundial.

¿Qué permitió que se consumara lo que analistas creían imposible?

En primer lugar, los norteamericanos tienen un alto sentido de la alternancia presidencial. En 240 años de democracia, sólo 14 veces un partido ha logrado alojar más de dos períodos a uno de los suyos en la Casa Blanca. Pero más que la estadística, dos factores nos parecieron especialmente decisivos en la disputa Trump-Hillary: un desencanto con los sueños del presidente Obama y la creciente polarización política.

En efecto, en el último año era posible observar una creciente decepción del ciudadano medio americano que sintonizó entusiastamente con el “yes we can” de Obama en 2008. El candidato brillante, carismático y meritocrático fue un fenómeno de encantamiento. En persona, Obama efectivamente conquista por su sencillez y sofisticación. Pero quizá sus promesas optimistas, fundadas en un espíritu unitario de reconstrucción y bajo el supuesto de un sistema político colaborativo, terminaron convirtiéndose en un boomerang para la campaña demócrata. Así, el cierre de la cárcel de Guantánamo, el retiro de todas las tropas de Afganistán, la autosuficiencia energética a 2018, la profundización del control de armas, una reforma de salud con pretensiones de cobertura universal (Obamacare), e introducir un “cambio cultural” tanto en Wall Street como en Washington, pasaron en ocho años a convertirse desde la agenda de la esperanza a la de la dura realidad. Muchas de ellas, pese a los esfuerzos presidenciales, cayeron derrotadas por la realidad política obstruccionista. A lo anterior se suman resultados poco lucidos en ámbitos importantes de la política pública doméstica, y de gran preocupación ciudadana: la economía que -habiéndose levantado de la crisis de 2008- no despegó con suficiente energía, el estancamiento de los índices de calidad de la educación e incluso, el deterioro de los indicadores de pobreza.

Pero para ser justos con Obama, la elección se enmarcó desde el inicio no sólo bajo un escenario plebiscitario respecto de los aciertos y errores de la administración Obama, sino de polarización. Se trató de una polarización más allá del lenguaje agresivo y las campañas. Esta tiene múltiples causas pero podemos destacar dos: el gerrymandering y el rol crecientemente protagónico de la “Corte Roberts” (por el Presidente de la Corte Suprema, John Roberts, desde septiembre de 2005). Respecto de lo primero, esto es, el redistritaje electoral abusivo por parte del partido que controla una determinada legislatura estatal, diversos estudios previos a las elecciones daban cuenta de un incremento récord de distritos artificialmente republicanos o demócratas. Esto genera representantes intensamente republicanos o intensamente demócratas. La moderación está siendo aniquilada por el gerrymandering.

Respecto del rol de una Corte Suprema de mayoría conservadora, con amplias atribuciones en materia de control de constitucionalidad de la ley vigente (una vez requerida en litigios específicos), si bien el Presidente Obama obtuvo importantes victorias –el Obamacare-, sus derrotas judiciales fueron dolorosas: McDonald v. City of Chicago (2010), que dispuso que la Segunda Enmienda protege ante restricciones en tenencia y porte de armas a nivel estatal; Citizens United v. FEC (2010), que eliminó acertadamente buena parte de las restricciones a las donaciones políticas de las empresas en las elecciones; y Burwell v. Hobby Lobby (2014), que estableció que la libertad religiosa ampara a las empresas frente a la obligación legal de dar cobertura de ciertos contraceptivos a sus trabajadoras. El rol de la Corte ha contribuido en la polarización: recordemos que la mayoría republicana en el Senado fue capaz de bloquear durante un año la nominación del juez reemplazante del fallecido Antonin Scalia. E incluso, ante el que se creía inminente triunfo de Hillary Clinton, varios senadores republicanos esbozaron la tesis de mantener una Corte Suprema con sólo 8 miembros, manteniendo vacante la plaza de Scalia.

Los que piensan que la administración Trump será una incógnita mayúscula, fueron corregidos por el primer discurso, la misma noche de la elección. Más allá del poderoso histrionismo del Presidente electo, un primer mensaje de tranquilidad proviene de un sólido sistema institucional norteamericano, fuerte en sus sistemas de pesos y contrapesos.

La conformación del gabinete del nuevo presidente da cuenta de los cortejos intensos que está realizando para asegurarse el respaldo del núcleo del partido. Pero el partido de Lincoln, el Grand Old Party, probablemente no lo acompañará en giros dramáticos de rumbo en favor de eventual populismo o proteccionismo. Si estará, en cambio, para las reformas creativas de Trump en potenciar la economía desde la iniciativa privada. Porque aunque el Presidente electo ha anunciado, por ejemplo, el retiro de Estados Unidos del TPP, queda todavía escuchar la posición de los republicanos favorables al libre comercio, que es la mayoría. En idéntico sentido se pueden destacar los beneficios del TLC Chile-Estados Unidos, ampliamente favorables para este último. Por otro lado, a escala micro, un avance tan importante para Chile como el visa waiver, no debiese verse afectado: los índices de cumplimiento de los indicadores en este ámbito por parte de nuestro país son impecables.

El Estados Unidos que emerge con Trump es uno que da cuenta de un país polarizado. Un país con niveles de deuda externa preocupantes -superior al 100% del PIB- y muchos desafíos de política doméstica y exterior. Un líder que enfrentará norteamericanos exigentes que estarán atentos a resultados rápidos y sustantivos. Pero será el diseño institucional heredado de los founding fathers, basado en el federalismo y los checks and balances, lo que ofrecerá el marco necesario para esperar un buen gobierno de su impetuoso presidente.

 

Columna de Arturo Fermandois, Abogado, Ex embajador de Chile en Estados Unidos y Consejero de Políticas Públicas de LyD.-

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