Hoy es Navidad, fecha no exenta de contrastes entre los saludos a los seres queridos y el recuerdo de quienes quisiéramos poder abrazar y no están con nosotros. Sobre todo, esos minutos de íntima introspección sobre lo que hicimos y lo que dejamos de hacer. Hace mucho que se empezó a preparar con adornos, pensando y preparando una cena especial, escribiendo alguna carta, preparando sorpresas, en fin… pensando en hacer feliz a otros. No puedo entonces dejar pasar la oportunidad para desearle a usted una Navidad plena y agradecer su atención.
En un día así no resulta fácil sumergirse en la economía, que es lo que corresponde a este espacio, y es por ello que lo utilizaré para pedir un deseo, en este caso, económico, pero de alto impacto en el bienestar de todos: que revitalicemos el crecimiento de nuestro país. Si lo pedimos fuerte, tal vez pase a la primerísima prioridad. Con ello habría más y mejor empleo, mayores posibilidades de financiar bienes públicos de mejor calidad (educación, salud, seguridad, etc.). Para ello debemos mejorar la productividad, remover obstáculos innecesarios, aumentar competencia, modernizar el Estado, flexibilizar los mercados para que se adapten tempranamente a la innovación, capacitar a nuestra gente y apoyarla para adaptarse a los nuevos procesos de producción. No es simple, pues requiere además vencer desconfianzas, fortalecer instituciones, sustituir la idea de reformas por procesos de mejoras eficientes que busquen solución a objetivos comunes. Escuchar y escucharnos para encontrar solución a problemas nuevos. Pero nos beneficiaría con un horizonte no nítido (el futuro siempre es incierto) pero con trazos confiables. Así, será más fácil desplegar el emprendimiento, el esfuerzo y la inversión que anteceden al crecimiento.
En días recientes hemos debido escuchar en forma reiterada la urgente necesidad de fortalecer nuestra tasa de crecimiento desde un análisis macroeconómico.
Primero, el FMI menciona nuestros ya tres años consecutivos de bajo crecimiento (1,9% promedio). Estas tasas que estamos logrando no nos permitirían converger a los países desarrollados, mientras nuestras expectativas apuntan crecientemente hacia allá. El año 2017 no cambia demasiado, proyectando una tasa de 2% porque se frena el deterioro minero, pero no se lograría salir del pesimismo en las expectativas, dadas sus aprensiones respecto a la implementación de la reforma laboral.
El organismo internacional respalda las políticas macroeconómicas y reconoce la fortaleza institucional, entre otros, destacando la solidez del sistema financiero y bancario. Sin embargo, llama a monitorear de cerca la posibilidad de ser afectado por este sostenido débil crecimiento económico y aplaude en consecuencia la idea de implementar las normas de Basilea III. Y también alerta sobre los riesgos que se manifiestan en escenarios en los cuales las aspiraciones y compromisos de gasto público crecen más que los ingresos, que es nuestro caso, precisamente porque los ingresos fiscales dependen esencialmente de nuestra capacidad de crecer. Es a partir de ello que en mi opinión nos invita a fortalecer la institucionalidad. Es lo que lo llevaría a invitarnos a revisar cuidadosamente el Fondo de Infraestructura, pues ella es necesaria pero no debe arriesgarse la sostenibilidad de las cuentas gubernamentales (aunque el FMI es más cauto en sus expresiones). Consistentemente llama a fortalecer el Consejo Fiscal, que contribuya a mantener el rumbo. Creo, sin embargo, que sumaría a la lista una mirada más en detalle a las empresas públicas, y a su tratamiento en la regla fiscal, tanto respecto de las transferencias como de una evaluación sistemática de las operaciones cuasifiscales, como un incentivo para mantenerlas acotadas.
Luego fue el turno de Fitch, quien mantuvo nuestra clasificación de riesgo país, aunque anticipa una posible rebaja. Los compromisos ya adquiridos y la presión política pueden llevar a un incremento más acelerado de la deuda a PIB. En este sentido me parece que el llamado, antes que dirigido al Ministro, es al país y a la forma en que se aborden los programas de gobierno en 2017, año de elecciones, y por tanto, período expuesto a que se sigan sumando compromisos sin encender previamente los motores de la economía. Al final, la política tiene responsabilidad en este impacto negativo en el crecimiento y ahora nos ayuda a ordenar las expectativas en línea con esta nueva realidad más ajustada. Es razonable que existan preocupaciones sobre cómo se prolongue en el tiempo el desafío de reducir los déficits.
El último mensajero fue el Banco Central, que con alta dosis de realismo estima un crecimiento de 1,5% este año y entre 1,5% y 2,5% en 2017, pese a que crecimiento en el resto del mundo y de nuestros socios comerciales no difiere de lo esperado hace unos meses. Esta vez el Instituto Emisor también confía menos en que las confianzas salgan demasiado luego del lado negativo en que se encuentran hace demasiados meses, y por tanto espera una mayor demora del crecimiento a la trayectoria del producto de tendencia (en torno al 3%).
Su nuevo presidente deberá liderar este reacomodo a un escenario fiscal con menor crecimiento del gasto público, una mayor brecha entre producto y producto de tendencia, una inflación que se ha desacelerado más rápido de lo esperado, pero con un Estados Unidos que ya inició su proceso de normalización de tasas de interés, de la mano de una economía fuerte, un desempleo en niveles históricamente bajos, una inflación que se acerca a la meta de 2%, y precios de los activos bastante recuperados. En adelante veremos el efecto adicional de las políticas anunciadas por el Presidente Trump, que apuntan a déficit fiscales, presionando más las tasas y apreciación de la moneda. Todo indica al leer el IPoM que se está pensando muy seriamente en una baja de tasas, y estas han de ser las dudas razonables. También debieran serlo otros escenarios de riesgo, como la forma en que China se adaptará, y desde luego, cómo evolucione la zona del euro. Lo que la política monetaria contribuya sin embargo a atenuar el ciclo es probablemente bastante poco por ahora. Pero no nos perdamos, la gran tarea es levantar el crecimiento de tendencia, y eso requiere involucrar otros instrumentos.
Finalmente, más allá de los efectos macroeconómicos, el mayor crecimiento importa porque se traduce en un aumento de salarios y empleo, mayor capacidad de mejorar la calidad los servicios públicos y, finalmente, una mejor calidad de vida.
Columna de Rosanna Costa, Subdirectora de LyD, publicada en La Tercera.-