La orfandad del voto voluntario

Voces La Tercera

Ya estaba por finalizar el  año 2011 y prácticamente con la unanimidad de los votos en el Congreso se dio por aprobada la inscripción automática y el voto voluntario. Todas las partes se mostraron conscientes de un diagnóstico que ponía el desafío de revitalizar la política por el lado de la oferta, es decir, desde ahora debían ser principalmente los políticos a quienes les correspondía evocar el interés por participar en la ciudadanía.

El ambicioso supuesto de trabajo de la reforma operaba bajo la siguiente lógica: en la medida en que se produjera una propuesta más atractiva en las dinámicas de juego de nuestro sistema político, el aforo de nuestra democracia se podría renovar e inclusive incrementar. No obstante, vemos que las graderías de nuestro foro público democrático están cada vez más vacías, la abstención se sitúa en torno al 60% y las expectativas de cara al próximo ciclo electoral son desalentadoras.

Un ejercicio aritmético elemental sugiere que si en la encuesta CEP de agosto de 2012, un 50% de los encuestados expresó votar con toda seguridad en la respectiva elección municipal, votando finalmente el 40%, hoy sabemos que en la misma encuesta de agosto 2016, dicha cifra ha descendido a un 27%, en consecuencia, debiera acudir menos gente a las urnas, si se añade al análisis, el nulo ambiente electoral por efecto de la restrictiva normativa sobre propaganda política recién entrada en vigencia.

¿Cuáles han sido los errores en relación al voto voluntario? En primer lugar, el supuesto de trabajo de la reforma pecó de ambicioso. Se gestó una hiperinflación de expectativas relativa a los niveles de participación electoral. Salvo contadas excepciones, todas las democracias que transitan desde el voto obligatorio a esquemas de voluntariedad del sufragio experimentan descensos en sus cifras de participación. Basta ver los casos de los Países Bajos con la implementación del voto voluntario a inicios de la década de 1970, de Suiza en el año 1975, de Austria en la medianía de la década de los 80 y de Italia en 1994, por mencionar algunos.

En segundo término, el voto voluntario no sólo requería el compromiso de los actores políticos al momento de su aprobación, sino que también de su implementación. A los hijos no sólo basta con traerlos al mundo, hay que orientarlos y guiarlos en su desarrollo. Pero hoy, el voto voluntario se encuentra en la peor de las orfandades. Ha sido implementado sin ninguna campaña eficaz de promoción de la participación, ni se han generado los incentivos adecuados para facilitar las condiciones de voto, tales como: flexibilizar los criterios para constituir locales de votación ¿por qué no ofrecer la posibilidad de votar en parques y plazas?, incorporar sistemas de voto anticipado y/o por correo, explorar fórmulas de voto en casillas electrónicas (cuestión que permitiría votar en cualquier local de votación conforme a la disponibilidad de los mismos), etc.

Pero las expectativas de baja participación electoral no parecen preocupar en exceso a quienes –paradójicamente- deben legitimar el ejercicio de su autoridad en los votos. Se señala que “hay que darle tiempo al nuevo sistema”. Correcto, pero darle tiempo significa también generar las condiciones para su eficaz implementación.

El compromiso con una democracia más dinámica, revitalizada y no presa de electorados cautivos (como era en el esquema anterior de inscripción voluntaria y voto obligatorio), se debe traducir necesariamente en medidas concretas de estímulo a la participación electoral bajo la modalidad de voto voluntario. Lo contrario, y que es la reacción actual de la dirigencia política, es dejar vivir el sistema, para luego, verlo morir

¿El resultado de todo lo anterior? ¿Volver al voto obligatorio? ¿Es acaso mejor como estrategia en un contexto de desafección cívica, la simple coacción en lugar de la  promoción de valores democráticos? ¿No sería optar por el camino fácil y efectista, con el riesgo de ocultar problemas más profundos en nuestra democracia? ¿Estamos dispuestos –por inercia y/o desidia- a ser la primera democracia que en menos de cinco años opta por transitar desde el voto obligatorio al voluntario, para luego volver a un esquema obligatorio?

Esperemos que no. La democracia es algo demasiado relevante como para dejarla en la orfandad.

Columna de Jorge Ramírez, Director del Programa Social de Libertad y Desarrollo, en Voces.-

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