ESTAMOS RICOS, NO SOMOS RICOS

La Segunda

A continuación reproducimos la columna de Francisco Klapp, investigador del Programa Económico de LyD, publicada en La Segunda:

“Estamos ricos, no somos ricos”. Tomo prestadas estas palabras pronunciadas en un reciente seminario llevado a cabo en la Universidad Católica, pues reflejan de manera muy elocuente lo que estamos experimentando hoy en el país. Como es bien sabido, los precios del cobre y muchos otros commodities se han más que cuadruplicado desde 2003, en lo que se ha denominado un superciclo de las materias primas. Esto ha tenido un efecto indudable en el bienestar de los países exportadores de estas materias primas, entre estos naturalmente Chile, pero también se traduce en que nos hemos ido malacostumbrando a vivir –y gastar o querer gastar- como si esta riqueza hubiese llegado para quedarse, cosa que parece muy difícil, y que los vaivenes en los precios internacionales de las últimas semanas, aunque coyunturales, nos han vuelto a recordar.

Un ejemplo de esta preocupación: hace sólo 6 años el gasto público alcanzaba el 17,2% del PIB. Tres años después -en 2009- ya se encumbraba por sobre el 23%. Antes de catalogar esta explosión del gasto -equivalente a 6 puntos del producto- hay que recordar que una fracción se explica por el diseño de nuestra regla fiscal. Valioso legado de las administración Lagos, la regla, elegante, simple y originalmente replicable por prácticamente cualquiera que lo deseara,  suponía en su génesis un esquema superávit estructural, lo que obligaba a que en años de bonanza se acumularan recursos para ser gastados en los años de vacas flacas, ligando además el crecimiento del gasto público al crecimiento de largo plazo de los ingresos fiscales, lo que permite mantener la coherencia con un  precio de largo plazo del cobre.

Hasta aquí todo bien, y más allá de diferentes interpretaciones de la regla, aumentos en su complejidad y cuestionables cambios en su objetivo -de superávit a déficit estructural- ésta ha sido ampliamente reconocida y ha contribuido a atenuar el efecto de los ciclos en la economía chilena. Lamentablemente nos hemos ido mal acostumbrando y desde 2002 el comité de expertos, encargado de suministrar un valor del cobre estimado para los siguientes 10 años con el cual se construyen los ingresos fiscales estructurales y el gasto que puede permitirse el Estado, ha pronosticado sistemáticamente precios cada vez más altos, comenzando con un estimado para el año 2003 de 88 centavos de dólar la libra hasta llegar a los 306 centavos del 2013, los cuales han resultado afortunadamente inferiores a los precios efectivos registrados. Ahora, ¿qué sucedería si los expertos consultados estimaran que en los próximos 10 años el precio del metal será sustancialmente menor que 306 centavos la libra y que por lo tanto debemos recortar el gasto fiscal para seguir cumpliendo con nuestra regla? ¿Seremos capaces? ¿Qué gastos recortaremos? ¿Qué grupo de interés dejaremos fuera? O simplemente, ¿cuánto subiremos los impuestos para cumplir mecánicamente con la regla?  Es cierto que hemos cumplido con una política que ha ayudado a ordenar las finanzas públicas, pero en un contexto de precios de largo plazo del cobre siempre crecientes, que probablemente no puedan seguir creciendo.

A  este problema súmesele demandas de país rico, como desfocalizar los recursos públicos para financiar dudosos proyectos entre los que se destacan educación superior universal gratuita con un costo mayor al promedio que destinan los países OCDE (2,3% del PIB), o la entrega de bonos permanentes y queda claro que hemos asumido nuestra buena fortuna como permanente cuando probablemente sea transitoria. “Estamos ricos, no somos ricos”, y no debemos acostumbrarnos a actuar como ricos, al menos no todavía.

Tags:

otras publicaciones

El Líbero

Diario Financiero