ALERTA CONCEPTUAL PROGRESISMO

Aunque el término “progresismo” se usa extensamente entre sectores de izquierda y de centro izquierda, no cuenta con una definición clara. Cada actor que ocupa el término implica algo distinto, dependiendo del contexto. En el debate contemporáneo, algunas veces se usa como equivalente a liberalismo en las discusiones morales, otras veces, como equivalente a socialdemocracia y, otras veces, simplemente como un término intercambiable con el concepto de izquierda.

Como señala Carolina Ovares[1], la palabra progresismo cumple con las características de lo que W.B. Gallie denominó “conceptos esencialmente impugnados”, es decir, conceptos para los cuales existen concepciones rivales. Lo anterior es esperable, toda vez que la palabra progresismo está asociada a la palabra progreso, de evidente carga positiva, razón por la cual diversas posiciones ideológicas -que tienen en común la búsqueda de la igualdad o la justicia social en sentido amplio- pueden querer reclamar para sí la defensa del mismo.

Sin embargo, es evidente que la defensa del progreso no basta para definir el concepto de progresismo. En efecto, si bien la idea de progreso aparece durante la ilustración en autores como Kant, Hegel o Marx, ninguno de ellos lo entiende de la misma manera. Por ejemplo, Hegel y Marx tienen una mirada teleológica del progreso, es decir, creen conocer el sentido y fin de la historia. De este modo, quien se opone al progreso -o, más bien, a la concepción hegeliana o marxista del progreso- es un reaccionario. En cambio, Kant tiene una mirada no teleológica del progreso, es decir, en que éste se encuentra posibilitado por el uso de la razón y la capacidad humana de autoimponerse fines, pero en ningún caso constituye un futuro inexorable[2]. De este modo, el futuro permanece abierto.

En este sentido, es más provechoso definir el progresismo no por aquello que promueve, sino por aquello que necesariamente excluye. Ovando sugiere que el progresismo se opone, en primer término, al conservadurismo, es decir, “a la defensa y preservación de instituciones, prácticas y reglas sociales que se entienden como surgidas orgánicamente ('naturalmente') en las sociedades”. En cambio, “los progresismos ponen en cuestión que las instituciones, reglas o prácticas de una comunidad deban preservarse sin más o que no puedan ser revisadas críticamente”.

Sin embargo, esta oposición es demasiado tosca. Por una parte, no todas las corrientes conservadoras buscan preservar acríticamente las tradiciones e instituciones. En el mundo contemporáneo, los conservadores suelen ser reformistas moderados, que subrayan el valor de la prudencia y el aprendizaje histórico, más que tradicionalistas acérrimos reacios a todo cambio. Por otra parte, el ideario liberal tradicional siempre ha buscado la revisión crítica de las costumbres y las tradiciones, sin que por ello pueda calificárselo de progresista en el sentido contemporáneo. Adicionalmente, muchas veces la izquierda progresista asume posiciones conservadoras en defensa de instituciones sociales o estatales que considera valiosas, como los gremios, los sindicatos o el aparato estatal del Estado de bienestar.

Pero, además, Ovando complementa lo anterior con la oposición del progresismo al camino revolucionario promovido por el comunismo y el socialismo de viejo cuño. En su concepción, “el progresismo -en todas sus formas- excluye aquella manera de acción que busca la justicia social, pero por medio de la violencia o, en otras palabras, que la busca fuera de la acción política marcada por la deliberación, negociación, votación entre visiones alternativas y en desacuerdo sobre cómo es adecuado ordenar y conducir las cuestiones comunes”[3].

En efecto, desde la caída del muro de Berlín en adelante, quienes se dicen progresistas siempre habían aceptado el marco de la democracia formal, el respeto a la legalidad y al pluralismo político. Lamentablemente, la izquierda radical, que se ha fortalecido en la última década y que se ha mostrado proclive o, al menos, indulgente frente a la violencia como medio de acción política, también ha comenzado a reclamar para sí el uso del adjetivo “progresista”, sin mayores reparos desde la izquierda moderada.

Ahora bien, probablemente la oposición más hondamente sentida entre quienes se llaman progresistas, es contra el término “neoliberal”. Esta oposición es muy importante en el contexto latinoamericano y, en particular, en Chile luego del regreso de la democracia. Como explica Manuel Antonio Garretón, luego de la caída de los socialismos reales y la renovación ideológica de la derecha en la segunda mitad del siglo XX -marcada por el pensamiento de Friedman y Hayek, y la experiencia de los gobiernos de Reagan y Thatcher, así como las reformas económicas de los Chicago Boys en nuestro país- la izquierda respondió con el modelo de “Tercera Vía”, que significó un abandono de posiciones totalitarias y un acercamiento al centro.

En palabras de Garretón, “las respuestas al proyecto neoliberal provenientes de sectores de centro, socialdemócratas o de izquierda del espectro político del mundo occidental han sido conocidas con el nombre de progresismo”[4]. En esencia, Garretón identifica el progresismo con las políticas de la Concertación, que aceptan el modelo de economía de mercado, pero buscan introducirle correcciones tendientes a darle un rol más preponderante al Estado y una mayor protección social. Esta manera de comprender el término tiene varios problemas. El primero es que bajo el prisma de los actuales “progresistas”, las políticas de la Concertación fueron esencialmente “neoliberales”, es decir, su opuesto. En el fondo, al no contar con una idea clara sobre el contenido del progreso que se busca promover -como sí la tenían los socialismos reales, inspirados en la tradición teleológica del concepto de progreso defendida por Hegel y Marx- el progresismo contemporáneo no es más que una reacción al modelo social de mercado, al que no ha sabido ofrecer una verdadera alternativa.

En definitiva, el término “progresismo” subsume una multiplicidad de posiciones ideológicas divergentes y, muchas veces, en conflicto entre sí mismas, que sólo tienen en común una apelación vaga al rol del Estado, la igualdad y la justicia social, sin mayor precisión. Los conceptos que se le oponen -conservadurismo, movimientos revolucionarios y neoliberalismo- no logran delimitar el ámbito ideológico progresista ni siquiera en sentido amplio.

Por ello, parece más honesto y claro para el oyente utilizar directamente el término “socialdemocracia”, “nueva izquierda”, “izquierda de tercera vía” o cualquier otro concepto que se pretenda subsumir bajo el concepto de “progresismo”.

El presente texto corresponde a una sección del Informe de Coyuntura Política N° 24 - abril de 2024


[1] Ovares Sánchez, C, “Los progresismos como concepto teórico y familia política”, Fundación Friedrich Ebert, Costa Rica, 2023.

[2] Consultar “Progress”, en Stanford Encyclopedia of Philosophy, febrero 2024.

[3] Ovares, id.

[4] Garretón, MA, “Neoliberalismo corregido y progresismo limitado. Los gobiernos de la Concertación en Chile 1990-2010”, Editorial Arcis, Santiago, Página 41.

otras publicaciones